Cuando escuché por primera vez las palabras "Tienes cáncer de mama", mi mundo se convirtió en un túnel. De repente, me vi envuelta en citas, pruebas, decisiones y una abrumadora incertidumbre. Cuando supe que necesitaba una mastectomía, intenté volver a conectar con mi cuerpo. Todo me parecía surrealista y aterrador, pero en el fondo, sabía que algún día superaría este momento y, con suerte, ayudaría alguien más a lograr lo mismo.
Lo que no sabía entonces era que mi conexión conmigo mismo sería algo tan simple, silencioso y familiar como el movimiento de mis manos.
Había estado tejiendo y haciendo crochet durante muchos años, principalmente por creatividad, diversión y para hacer regalos. Pero después de la cirugía, estas manualidades adquirieron un significado completamente nuevo. Cuando me extirparon los ganglios linfáticos durante la mastectomía, sentí el cuerpo tenso, hinchado y extraño. Levantar el brazo de repente fue una negociación. Me faltaba el aliento al intentar estirarme o alcanzar algo. Como profesora de yoga, alguien de mi entorno que conocía mi cuerpo a fondo y había pasado por esta experiencia me exigió una comprensión más profunda.

En esos primeros días de recuperación, cogí mis agujas de tejer casi instintivamente. No esperaba lograr mucho. Solo necesitaba algo familiar. Algo relajante. Algo que me hiciera sentirme como yo.
Al principio, los movimientos eran pequeños y tentativos. Una hilera, luego descanso. Unas puntadas, luego pausa y respiración. Pero ocurrió algo inesperado: la suave repetición empezó a relajar no solo mi brazo y hombro, sino también el miedo que se había instalado en mi pecho. Tejer se convirtió en una forma de meditación , una que no requería quietud absoluta, solo presencia.
Con cada puntada, sentía que volvía a mi cuerpo sin dolor. Mis manos se movían y mi respiración las seguía. Mi brazo se estiró lo justo para relajarme un poco más. La hinchazón disminuyó. La tirantez se suavizó. El ritmo del hilo deslizándose entre mis dedos se convirtió en un punto de apoyo en una vida repentinamente llena de incertidumbre
El crochet también me ofreció su propia forma de sanación. Hay algo profundamente reconfortante en sostener la tela en las manos mientras crece, punto a punto. El crochet requiere un alcance y una rotación ligeramente diferentes, y esa variación me ayudó a recuperar fuerza y movilidad de forma natural, no forzada. Podía sentir mi cuerpo despertando, sanando, participando en su propia recuperación. De hecho, me dio la oportunidad de aprender una nueva técnica de crochet para colorear y con el gráfico, y, fila tras fila, me sumerjo profundamente en una sensación de quietud, paz y tranquilidad.
Lo que más me sorprendió no fue el beneficio físico, aunque fue significativo. Fue cómo estos simples movimientos de manos aquietaron mi mente. Lo desconocido es un lugar aterrador. Es donde el miedo, la ansiedad y los "¿qué hubiera pasado si...?" se arremolinan sin cesar. Pero cuando retomé el hilo, lo desconocido retrocedió. Tenía que esperar. Mis manos estaban ocupadas escuchando otro ritmo, uno lleno de presencia en lugar de miedo.
Tejer y hacer crochet se convirtieron en mi meditación. Mi punto de apoyo. Mi recordatorio de que la sanación no es un evento único, sino una serie de pequeños y suaves movimientos repetidos con intención.
Hubo días en que me sentí fuerte y días en que me sentí frágil. Pero sin importar cómo me sintiera, siempre pude retomar mi proyecto. No, me juzgó. No, me apresuró. No, me pidió más de lo que podía dar. Simplemente me dio un lugar donde aterrizar.
Con el tiempo, las puntadas crearon más que tela; reconstruyeron la confianza en mi cuerpo. Me invitaron a ser paciente, amable, curiosa y a seguir adelante incluso cuando no sabía cómo sería la siguiente etapa de mi vida.
Hoy, como sobreviviente, profesora de yoga y diseñadora de manualidades, comparto esta historia porque creo profundamente en el poder sanador de trabajar con las manos. Las manualidades no son solo creatividad; pueden ser terapia, meditación y conexión. Nos recuerdan nuestra fuerza cuando nos sentimos más vulnerables.
Si estás navegando tu propio viaje a través de lo desconocido, ya sea cáncer o cualquier desafío de la vida, quiero que sepas esto: no tienes que sentir miedo. Solo tienes que dar el siguiente pequeño y suave golpe. La sanación puede ocurrir en esos momentos de tranquilidad cuando tus manos se muevan con intención y tu corazón, lo notes que te sigue.
Y algún día, tal vez, tu historia ayudará alguien más a levantarse también.
IEn Gratitud
Mary Ann
Perfil de la autora: Mary Ann Gebhardt es tejedora, crochetera, profesora de yoga y guía de meditación de toda la vida, además de autora de Knitting Meditation: A 40-Day Journal. Combina la atención plena con la creatividad, ofreciendo prácticas relajantes que inspiran equilibrio, concentración y alegría.












